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Madrid, 25 de noviembre del 2011.- Seguro que has oído en ocasiones historias de perros que demuestran una fidelidad asombrosa hacia sus amos; perros abandonados, accidentalmente o a propósito, que regresan a su hogar. Encuentran el camino a casa aunque estén a decenas de kilómetros, y lo hacen guiados por su instinto o por un amor infinito que muchos de nosotros no acertamos a comprender y, muchos menos, somos capaces de imitar. Quizá parezcan relatos de ciencia ficción, leyendas urbanas, pero, en muchos casos, son ciertos.

Recientemente hemos sido testigos de uno de esos ejemplos. La cadena pública británica BBC informaba esta semana de que un can permaneció una semana junto a la tumba de su amo, sin inmutarse, sin ni siquiera moverse para buscar alimento o bebida. Un ciudadano chino Lao Pan, de 68 años, soltero y sin otra compañía que su perro, falleció a principios de mes en la localidad de Panjiatun. Su perro desapareció poco después y reapareció para permanecer junto al túmulo. Y allí estuvo, impenitente, durante siete días sin moverse y sin probar bocado. Un hombre, que lo vio, intentó llevárselo a su casa para cuidarle y darle algo de comida, pero el perro regresó corriendo a la tumba. A los vecinos del lugar no les quedó más remedio que llevarle comida y bebida al lugar de descanso eterno de su amo.

Normalmente los gestos de amor funcionan en ambas direcciones. Las personas también quieren a sus mascotas por encima de todas las cosas. Con gritos de júbilo y una emoción desbordada nos lo demostró Alyssa, una niña de 11 años, al reencontrarse con su perrito Holly. La familia Smith adoptó a la mascota en una organización benéfica en Dubai, donde vivían. Cuando dejaron el emirato porque el padre perdió su trabajo y regresaron a su lugar de origen en Andover, Hampshire (Reino Unido), le entregaron el perro a otra familia. Cuando, pocos meses después, vieron a Holly en una página web de animales rechazados, los Smith se gastaron 1.300 libras para recuperarlo. La sorpresa de Alyssa al reencontrarse con él fue tremenda, como pueden comprobar en el vídeo. Sólo tienen que pinchar en el nombre de la niña para verlo.

Una de las historias más hermosas de fidelidad animal es la de Hachiko, un perro de raza Akita, que fue leal a su amo incluso varios años después de la muerte de éste. En 1924, Eisaburo Ueno, un profesor del departamento de Agricultura dela Universidad de Tokio adoptó a Hachiko. Desde entonces, cada mañana el perro acudía con él a la estación de Shibuya para despedirle y volvía por la tarde para darle la bienvenida. Pero un día, el profesor no regresó: había sufrido una hemorragia cerebral mientras daba clase y falleció. Pero su mascota siguió acudiendo al mismo lugar cada día, y lo hizo durante los siguientes diez años hasta que él también falleció. El gesto de Hachiko llamó la atención de muchas personas que habían visto cómo acompañaba a su amo, las mismas personas que le alimentaron y cuidaron. Hachiko fue el protagonista de una película japonesa, ‘Hachiko monogatari’ (1987), que posteriormente, en 2009, inspiró una versión americana, ‘Siempre a tu lado’, dirigida por Lasse Halstrom y protagonizada por Richard Gere. El ‘remake’ traslada la acción a Rhode Island, en Estados Unidos.

Igual de conmovedora es la historia de  Taro y Jiro, dos perros de raza Karafuto, conocida por su fuerza y resistencia y perfecta para transportar mercancías en trineo. En 1957, participaron en una misión japonesa enla Antártida. Formaban parte de un grupo de 11 científicos y 15 perros. El geofísico Taiichi Kitamura se encargó de adiestrar a los canes. Primero utilizó un palo para hacerse obedecer. Luego, descubrió que lo mejor para educarles era comprenderlos y establecer un vínculo afectivo con ellos.

Los resultados del adiestramiento fueron notables y la convivencia entre los hombres y los animales iba viento en popa. Hasta que, un año después, se desató la tragedia. El barco en el que viajaba la segunda expedición japonesa al Polo Sur y que transportaba provisiones para la primera, sufrió un percance: la hélice quedó dañada por el exceso de hielo y el barco encalló. Ante la perspectiva de que la primera expedición se iba a quedar pronto sin alimentos ni agua, la solución fue trasladar en avioneta a sus miembros, a los animales y al material recopilado en sus investigaciones. Pero la aeronave tenía una capacidad limitada y no les quedaba más remedio que realizar varios viajes desde el campamento hasta el navío. Cuando ya los científicos y ocho perros –que habían nacido enla Antártidaen el último año- estaban a salvo en el barco, el mal tiempo hizo imposible continuar con los traslados. Los otros 15 ejemplares habían quedado en la base atados con una cuerda.

Pasaron los días y el tiempo no mejoraba. El barco se estaba quedando sin combustible y ya sólo tenía la carga suficiente para volver a Japón. Así que no les quedó más remedio que irse y dejar a los canes a su suerte, con la esperanza de que sobrevivieran. Mientras, en el campamento, los perros, hambrientos, rompieron la cuerda y se fueron en busca de alimento. Las bajas temperaturas, de menos de 40 grados bajo cero, y la falta de presas provocaron la muerte de muchos de los canes. Pero Taro y Jiro sobrevivieron y allí les encontraron, un año después, los miembros de la tercera misión polar enviada por el país nipón.

La noticia conmovió a los japoneses y también inspiró a la industria del cine. Quizá hayan visto la película de la compañía Disney ‘Eight Below’ (2006), traducida al español como ‘Rescate enla Antártida’ o ‘Bajo cero’. En este caso, está contada con personajes anglosajones y hay ligeras variaciones: los perros son de raza Husky Siberiano y Malamute de Alaska. Pero, en esencia, se basó en los hechos, increíbles pero reales, vividos por la expedición japonesa. Una vez más, el relato nos demuestra que la realidad supera la ficción y que el amor y la lealtad de los perros son infinitos. Y, como casi siempre, estos fieles animales nos dan una lección a los humanos.

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