La historia de un animal muy maltratado.

Esta mañana recordé una historia que hace unos cuantos años alguien me contó y que hoy he querido compartir con vosotros. Es terrible y difícil de escuchar o de leer, pero merece la pena seguir hasta el final. Puede que muchos de vosotros ya la hayáis escuchado, pero conviene no olvidarla nunca.

La historia nos la narró así a un grupo de amigos un niño de unos 16 años (es bastante probable que saliera de un mail en cadena o algo por el estilo, pero aún así y viniendo de alguien tan joven, nos pareció maravilloso):

Tengo un vecino horroroso. No tiene escrúpulos, es un sádico y un exhibicionista y nadie hace nada. Su gata tuvo una camada de gatitos y, cada domingo y para disfrute del personal, coge a uno de los gatitos y lo atonta durante unas horas en un cajón oscuro en el que apenas puede moverse.

Después lo saca cuando todos los vecinos están reunidos mirando. Coge un alfiler o algo más gordo y comienza a clavárselo una y otra vez, y una y otra vez, y otra vez y con más ganas. El gatito, primero por el aturdimiento y luego por el dolor, apenas hace nada para defenderse. Cuando ya tan siquiera se mantiene en pie y está tumbado sangrando por las heridas y la boca, el indeseable del dueño saca unas tijeras y le corta las orejitas y la colita.

Tendrías que ver la agonía del gatito cuando todo esto pasa, no se puede describir.

Y lo hace cada domingo. Y lo peor no es que haya un sádico inhumano haciendo esto, es que el resto de vecinos se reúne para verlo y aplaudirlo: ¡ESTÁN DESEANDO QUE LLEGUE EL SHOW!”.

Cuando el chico acabó de contar la historia realmente compungido, todos nos miramos y comenzamos a pensar en qué hacer para que las autoridades detuvieran a este individuo y sancionaran de alguna manera a aquellos que lo permitían… cada domingo.

Entonces el chico apartó de su rostro ese gesto de amargura y nos dijo:

“Bueno, en realidad la historia no es exactamente así. Todo lo que os he contado sí, pero no se lo hace a un gatito, se lo hace a un toro en la plaza. Y los que aplauden son los que pagan y asisten orgullosos a esa carnicería. Y no es mi vecino, es un torero al que le pagan millones por la matanza”.

Con la misma cara que tenéis vosotros ahora nos quedamos nosotros. Mucho ha llovido desde entonces pero la situación no ha cambiado.

Personalmente, creo que ponerte delante de un toro tiene mucho arte y es muy emocionante y, me guste más o me guste menos, entiendo que a la gente le llame la atención esa adrenalina que corre por el cuerpo al sentir el peligro.

Lo que también creo es que el resto, lo que no es arte, la matanza pura y dura y porque sí, no tiene razón de ser.

Gatito.

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