A veces te llenas de impotencia y de dolor y empiezas a pensar que tu trabajo te da más penas que alegrías.

Y no es así, sabes que lo que haces está bien, y te necesitan, y no debes dejar de luchar por ellos, pero el sentimiento de impotencia mezclado al de dolor hace que algunos días no brillen tanto como otros.

Esto es lo que hemos tenido que vivir este fin de semana en la clínica, escrito por Betty, un miembro imprescindible del equipo:

“Esta mañana mi compañera ha ido a recoger un perro ahorcado. Pensábamos que era un caso más (en este trabajo se hacen cotidianas labores pesarosas). Ha entrado en el coto de caza, ha seguido un camino, ha dejado el camino cruzando.

El monte sin sendero y ha continuado andando en la nada hasta que la nada se rodeaba de nada. En medio, una encina. En la encina, una rama partida. De la rama, sin rozar el suelo, colgaba un mastín.
Un mastín no es un perro de caza.El animal estaba suspendido por las patas traseras.Bajo las ligaduras, la piel y los ligamentos se habían desgarrado por el peso. Los ojos no estaban en las cuencas, los huesos ganaban terreno al pellejo. Llevaba varios días muerto.

La muerte le llegó tarde, infinitamente más tarde que si lo hubieran colgado del cuello. No le llegó antes de los desgarros, ni antes de la insolación, ni antes de que la sangre se le agolpara en el cerebro. Ni antes que el hambre. En estas condiciones se muere de sed.Generalmente, el que considera a su animal como “herramienta prescindible”, llegado el momento elije parajes apartados para huir sin ser visto. Quiere que muera, lo hace y a otra cosa. Pero la comodidad, la rapidez y la economía de medios son prioritarias. Por ello le ahorra la bendición de una bala, a veces la cuerda es vieja o la rama endeble y algún afortunado sobrevive.
La persona que lo llevó a cabo sabía lo que se traía entre manos. Sin chip (tampoco lo esperábamos), en aquel lugar remoto donde ni lo verían actuar ni oirían los aullidos.
Si alguien ata a un animal al tronco de un árbol por las patas traseras podrá morder la cuerda o sus propias extremidades y, quizá, soltarse. Si cuelga con una buena soga de una rama recia un perro de la envergadura de un mastín por las patas traseras sabe que jamás se librará y está reconociendo su capacidad de sufrimiento.
Quien lo hizo quería que sufriera.
Es posible que se sentara a contemplar un rato cómo se debatía sin remedio.
Quien lo hizo, no tiene el alma vacía, ni llena de oscuridad. Todos tenemos oscuridad en más rincones de los que nos gustaría. La tiene desbordante de podredumbre y miseria, podredumbre y miseria…Dicen que algunos psicópatas, antes de su primer crimen con humanos ensayan con animales. No sé si esa persona (sigo esquivando edad, sexo, aficiones… sólo nos consta que tenía la fuerza para reducirlo, amarrarlo e izarlo) es un psicópata. Sería muy fácil. Si hay que darle un nombre que sea el de asesino.Compañera, hoy te ha tocado a ti. Lo has llorado, lo has traído de la nada y has dado reposo a sus restos. Le has restituido su dignidad. Es mucho más de lo que le estaba destinado.

No ha pasado desapercibido. No para nosotros”.